Zaragoza es una de las ciudades españolas que mejor pudimos conocer en cuanto a la vida de barrio y sus habitantes. Considerando que estuvimos un poco más de una semana, prácticamente logramos experimentar la energía de la ciudad en términos de costumbres y ritmo de vida.

Una buena parte de los barrios, se han mantenido bajo la misma infraestructura y estética a lo largo de varias décadas siendo parte de la riqueza patrimonial propia.

Por otro lado,  de estar con una importante cantidad de recién llegados a la ciudad, en su mayoría caribeños y árabes, la ciudad mantiene las mismas raíces españolas  que pudimos identificar en ciudades como Granada, Barcelona, Sevilla o Madrid.

Se convirtió en un ritual de cada tarde, ir a tomar una cañita de cerveza con porciones de comida del día, cómo aceitunas verdes al olivo, tortillas de papa y chorizos, y ver la infinidad de comida que uno podía pedir a través de la vitrinas del bar. La conversación con el barman y el dueño del negocio (un expat griego), como su interés sobre las razones de nuestro viaje en Zaragoza (y en Europa), como también la situación económica de Chile, su opinión sobre las revueltas en Grecia, etc. Más tarde, las cañitas de cerveza fueron sólo una excusa para poder conversar con estas personas y conocer un poco más de acerca de su cultura, su visión del mundo y también sus anhelos.

Esta ciudad, en comparación a otras por las cuales pasamos y quedamos asombrados por diferentes motivos o situaciones, nos hizo retornar al origen del porqué viajamos y bajo qué perspectiva lo hacemos. Para conectar con estos hilos culturales mutuos, entre diferentes personas, de variados orígenes, pero con historias comunes y objetivos de vida similares.

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