Hace justo un año, estaba partiendo a Europa con Dani. Era nuestro primer viaje juntos y por 3 meses, teniendo planificado recorrer más de 20 países del viejo continente.

Luego de haber cumplido una serie de objetivos personales, hoy recuerdo con los mismos ojos aventureros de hace unos meses lo rápido y fugaz que es el tiempo, y lo volátil que es la mente.

En la vida de todo viajero, hay una serie de pausas que debe realizar para seguir descubriendo nuevos lugares, experiencias y nutriendo los sentidos. Hoy, sé que al igual que yo, existen otros cuantos miles que siguen construyendo su puente para volver a saltar a grandes retos, a grandes vacíos y a la anhelada incertidumbre.

Después de los 3 párrafos anteriores de introducción, vamos al tema: viajes y puntos de partida.

Elegir un destino, muchas veces parte de la mera curiosidad y en otras ocasiones, de una acabada investigación del lugar a donde se va a caminar, dormir, comer, respirar. Estos puntos de partida, comienzan desde el momento en que nos encaminamos a ver mapas, a leer sobre un lugar y a pensar en la “intención de” viajar a tal lugar. Aunque no tengamos comprado el pasaje, ni trazado todo el itinerario y mucho menos el dinero para la travesía, el punto de partida está ahí latiendo.

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Dani a punto de obtener su pastel milenario. 

Estos puntos de partida, muchas veces se ven asediados de cuestionamientos relativos a cómo financiar el viaje, a la falta de tiempo, a tener que abandonar nuestro trabajo o nuestra posición ganada en esta sociedad, a tener que dejar de lado la comodidad y sobre todo a dejar de lado la estabilidad.

Los insumos necesarios para seguir moviéndonos y tener la determinación de un samurai, sólo se pueden encontrar en nuestro interior, que por más que tratemos tener dominado, sigue en una lucha constante.

Dicho esto, voy a seguir viendo más mapas y más rutas. Hoy, sé que no soy el único en la misma senda.

 

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